dibujo: Pablo Temes, 2012
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lunes, 12 de marzo de 2012

Argentina y sus presidentas

viernes 9 de marzo de 2012                                                            EL PAIS. com / La Comunidad
Despachos de Letras
por Antonio G. Maldonado  



Argentina y sus presidentas. Memoria del Miedo de Andrew Graham-Yooll.                 

De este miedo permanente, paralizante y opacado por los crímenes más atroces, los secuestros de niños y las torturas, habla uno de los mejores libros de crónicas sobre Argentina, sobre el América Latina en general.

Hablo de Memoria del miedo (Libros del Asteroide, 2006), del periodista angloargentino del Buenos Aires Herald (diario en inglés que llegó a dirigir) Andrew Graham-Yooll. Tal y como el autor afirma: "La crueldad ha arrasado el continente. Un continente que los escritores europeos no supieron comprender y que sólo unos pocos latinoamericanos han logrado desentrañar". Desde luego, él es uno de esos pocos.
Las crónicas incluídas en Memoria del miedo (que había sido anteriormente publicado en inglés, idioma en el que se publicaron muchas de ellas en distintos medios) abarcan el período comprendido entre 1973 (año del regreso de Perón de su exilio en Madrid), hasta el regreso del autor a Buenos Aires en 1980, tras su propio exilio en Londres, adonde se hubo de marchar tras las repetidas y creíbles amenazas.

De las ruedas de prensa clandestina de las guerrillas, hasta las amenazas que sufrió por parte de los grupos de extrema derecha afines al Gobierno por haberlas cubierto, de la muerte y desaparición de amigos y conocidos, da buena cuenta Graham-Yooll en su libro. Como botón de muestra de la atmósfera de delirio a veces surrealista que sacudió al país, baste leer lo relatado en el capítulo "El archivo fotográfico". Un fotógrafo de una revista de izquierda es secuestrado por un grupo de extrema derecha, se dirigen a Ezeiza a ejecutarlo, aunque antes deciden pasar por la revista para cerciorarse de que los descargos que sobre su trabajo hace el fotógrafo son ciertos. Finalmente, lo liberan, no sin la preceptiva dosis de humillación. No obstante, el fotógrafo recibe meses después una carta en su casa de parte de uno de sus secuestradores, quien le pide disculpas por el malentendido y lo invita a él y a su familia a cenar a un restaurante que acaba de abrir. Al llegar, allí lo reciben como a un viejo amigo. El jefe de los secuestradores es el dueño, y sus esbirros los camareros. Y él come tranquilamente como si estuviera en el bar de su mejor amigo.

Pese a esta anécdota, el clima del libro es otro. Una atmósfera opresiva que hace que, si bien sabemos de antemano que el autor sobrevivió, nos hace temer en cada capítulo que acabarán por matarlo. Dijo Graham Greene sobre Memoria del miedo: "Todos hemos conocido momentos de terror, pero nunca he leído un libro que transmita de tal forma lo que es vivir en un estado de terror permanente". 
"No existe nada no convencional en el camino hacia la muerte". Esa frase, escrita en otro capítulo del libro, describe cabalmente la Argentina del delirio de los 70 y principios de los 80. Libro fundamental para bajar al barro del día a día, opacado por los grandes personajes (Perón, Evita) y los grandes sucesos (matanza del Aeropuerto de Ezeiza, fuga de la cárcel de Trelew, golpe de Estado o guerra de las Malvinas).



sábado, 25 de febrero de 2012

Terrorismo de ESTADO en ONCE

sábado 25 de febrero de 2012                    PERFIL - edición n° 653
CORREO CENTRAL
 
por Andrew Graham-Yooll 



Cada tragedia produce un gran dolor, un duelo, luego alguna protesta a la que sigue una serie de juicios civiles. Después viene el olvido.

Hay demasiadas tragedias cada semana en la vida de los argentinos. Nos horrorizamos ante el incidente y al poco tiempo bajamos la cortina como defensa, ocurre tanto que no podemos abarcarlo.  Las tragedias, que les dicen, son muchas.  Son esos horrendos choques y muertes en cualquier camino o ruta, que se deben a un desvío producido por obsolescencia, por una borrachera o por pésimos caminos. Nos horrorizamos ante esa destrucción de adolescentes, de familias enteras, camino al veraneo y al descanso, donde queda en la ruta mal marcada un flotador, una muñeca, una tabla de surf, que pertenecieron a gente linda, destruida.  Y están los incidentes individuales, que sólo notan los programas de radio porque tienen que llenar unos segundos, el ciclista, el motoquero, el peatón, muertos, el pendejo en la picada, que mata. Y siguen las tragedias: como el tipo que fue filmado en la  Ruta 2 y que zigzagueaba buscando matar a alguien, y logró el muerto, un tipo joven.  A todo esto llamaremos tragedia y accidente hasta que nos demos cuenta que no fueron accidentes. Fueron homicidios. En los últimos cuatro días hemos visto que la masacre en la estación Once tiene responsables, empresarios, funcionarios, gobierno, estado. Lo denunciaron desde antes los sindicalistas, obreros, pasajeros, y ya que estamos, también Pino Solanas se adelantó con su película. También la prensa oficialista buscaba culpables entre empresarios y concesionarios.  Pero los empresarios son amigos del poder que les regala plata a los amigos, que incluyen a la prensa oficialista que busca culpables. El conjunto se llama corrupción.

Las masacres en la guerra se atribuyen a los mercaderes de armas. Esto es más o menos igual. La masacre de Once es atribuible a los amigos del poder que, como gatilleros protegidos, gerencian el desastre colectivo con el beneficio de subsidios y por omisión de cuidados, falta de reparaciones, riesgos inútiles, ambición de dinero, codicia e indiferencia frente al sufrimiento ajeno. Nuestro problema, en la prensa, es que la corrupción ha llegado a tal grado que es imposible cubrirla: no alcanzarían todos los periódicos, ni sus abundantes suplementos, ni aun si se plegara la oficialista, para dar cabida a la corrupción que vivimos en nuestro país. La resultante es la muerte, causada por esta nueva forma de terrorismo de estado. Recordemos así a la masacre de Once.