dibujo: Pablo Temes, 2012
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sábado, 12 de mayo de 2012

El viejo problema de no ser confiables

domingo 1 de abril de 2012    -    ENFOQUES   -   LA NACIÓN


1982 ::: 30 años de Malvinas ::: 2012

La Argentina sigue ofreciendo un "frente anarco-dialoguista" para encarar algún tipo de solución al conflicto de las islas, pero la confusión, y los discursos políticos más dirigidos a la tribuna, dominan la estrategia de nuestro país.

por Andrew Graham-Yooll



            Las Malvinas son argentinas o algún día quizás serán. Listo, ya quedó expresado el cliché que nos impusieron desde la primaria hace seis o más décadas. Ahora, lo cierto es que no sabemos cómo lograr una solución más allá del cliché.  Es celebrable que en tiempos recientes se han oído algunas voces que expresan conceptos diferentes, sin que sean dictados de la razón, que empiezan a hacer pie entre la estupidez y la estridencia nacional-populista.  El nuevo discurso puede variar, si bien sosteniendo argumentos diferentes y razonables, dado que cada expresión busca observar un panorama más amplio. 
Lo leímos, con dificultad, cuando diecisiete intelectuales quisieron presentar un documento que recomendaba tomar en cuenta otros factores en la disputa por las islas.  No pudieron hacer público su documento. También leímos un artículo de Luis Alberto Romero, que preguntaba si realmente queremos las islas porque  así como estamos constituyen una muy útil distracción). Y lo leímos en La Nación del 21 de marzo a Claudio Negrete que se preguntaba si merecemos tener las islas con tanto por solucionar en tierra continental.  Vimos en una circular del 26 de marzo que envió Rodolfo Terragno instando la búsqueda de nuevas formas de negociar con Gran Bretaña. Es de lamentar que no hemos leído ni escuchado nada de los políticos y ministros, encorsetados en su visión primaria que los llevó, en 1982, a celebrar el desembarco de Fortunato y callar el infortunio. 
Más de lamentar es que estos últimos son nuestros voceros y representantes y ofrecen evidencia que, colectivamente, no son confiables. Es más, se aseguran que la sociedad argentina no sea confiable en su relación con el mundo. Somos muy tratables personalmente pero un desastre como sociedad.  El problema de esto es que puede desembocar en varios millones de posiciones políticas. A nivel individual somos rápidos en reclamar respeto por nuestros derechos (para este caso léase reclamo territorial)  pero no nos apuramos a respetar los de otros (véanse piruetas de la diplomacia o consideración de los isleños).  El frente anarco-dialoguista que ofrecemos es confuso y, valga la repetición, no somos confiable.
Una de las claves de este argumento se apoya en la forma de encarar “Las Malvinas” en la relación con el Reino Unido. Nos enseñaron que son argentinas. No lo son. Pensamos que deberían ser parte del territorio nacional.  Muy bien. Pero por ahora son de los isleños y los pingüinos (isleños, no continentales) y a partir de esos extremos, el reclamo y la posesión, podríamos encarar a todos los otros componentes que desbaratan un camino de acción. Pero de otra forma no podemos esperar que nos tomen seriamente.
El voto de las Naciones Unidas cada año a favor del reclamo argentino es un soplo a favor de la causa argentina. Nada más: un gran número de misiones diplomáticas instaladas en Nueva York seguirán votando a favor nuestro en todas las asambleas que necesarias, a cambio de algún otro favor (se pagan caros y además el pago tiene su peso en el voto electoral doméstico), se erigirán en defensores del anticolonialismo, pero no aportarán nada.  Esto trae al recuerdo el acto en Caracas, en 1982, cuando se anunció un apagón en solidaridad con la Argentina.  Era todo lo que los venezolanos estaban dispuestos a dar en solidaridad con un régimen contra el que se había pronunciado su gobierno en varias oportunidades.  No se sabe si el apagón registró un milímetro de barril en las reservas energéticas.
No es razonable pensar a esta altura del camino que es posible dividir el tema Malvinas en lotes de paquetitos con las cosas que nos gustan (historia, derechos territoriales, derechos de isleños, vuelos o no, etc.) y otros paquetitos con los aspectos que nos gustan menos (la guerra, los veteranos, los muertos, la impresión que dejamos en el mundo, las desorbitadas manifestaciones integradas por veinte individuos, aparentemente apañados por algún sector de gobierno, etc.).  El eventual traspaso del gobierno de Malvinas, su negociación, la creación  de un gobierno bipartito para una transición, la constitución de un territorio diferente a las demás provincias argentinas, etc., incluye todos esos aspectos.
Ocurrió recientemente que un respetado diplomático narró una historia desde el arrebato al reclamo pasando por las más diversas instancias diplomáticas, habló del pasado, pero otorgó una mínima reflexión a los intereses o los deseos de los isleño, que son parte de hoy.  Poca atención prestó al conflicto armado de 1982.  Esa circunstancia no puede ser puesta de lado en el diálogo con una nación guerrera unida legal y económicamente a un bloque de naciones con historias guerreras que tuvieron que debatir largamente, para adentro y para afuera, el peso político de sus muertos y sus pérdidas.  Nosotros tratamos de ignorar a nuestros veteranos mientras los muertos sólo reciben el ocasional beso en la fría superficie de la tierra que los cubre.
No podemos perder de vista que la guerra de 1982 postergó un posible traspaso real de las islas por una generación y si seguimos con la actual política de desplantes y vituperación va a pasar otra generación sin ver un pasaporte emitido en las islas.
Tampoco podemos seguir soslayando que los dos importantes pasos dados en el camino a un principio de solución fueron el acuerdo entre Buenos Aires y Londres en la ONU de buscar las condiciones para la descolonización (el gobierno laborista británico de entonces le pareció muy buena idea), y más recientemente el paso logrado mediante los diálogos del embajador Lucio García del Solar (1922-2010). El primer punto fue durante la gestión de Arturo U. Illia (1900-1983), el segundo durante la presidencia de Carlos Menem, ambos gobiernos que, por una razón u otra, hoy no nos queremos ni acordar.  Poco serio no aceptar que el pasado nuestro es común a todos.
Hoy tenemos un gobierno que anunció, el primero de marzo, en un discurso más dirigido a la tribuna que a la diplomacia, que se van a establecer de prepo tres vuelos semanales a las islas.  Esto surge de la presidenta cuyo marido, también en un gesto dirigido a la popular, mandó a los británicos a volar a otra parte hace algunos años.  En tales circunstancias es difícil pedir que nos tomen en serio.
Tomado a la distancia la maniobra del canciller Guido Di Tella (1931-2001), de quien hoy también hay pocos en la política que se quieren acordar, de enviar regalos navideños de casetes con el pingüinito Pingu de la BBC a los isleños y luego ositos de peluche, parece una política (una seducción, un gesto) mucho más iluminado que escuchar  a nuestros representantes buscar adjetivos con los que puedan enrostrar de pirata o colonialista al gobierno de David Cameron.
Por último, dejemos de engañarnos.  Un sondeo de opinión inglés contratado por el  matutino conservador The Daily Telegraph, oficialistas, que mostró que los británicos piensan que las Malvinas deberían ser argentinas, no decide nada. Tampoco convence a Cameron, que sabe que el voto conservador no respaldaría a la encuesta.  Esa encuesta nos dice que a los ingleses les importa tres pingüinos las islas y deberíamos aprovechar la circunstancia seriamente. Para tenemos que  ponernos serios, ser creíbles y confiables. Nada más.

martes, 3 de abril de 2012

Del show y el vituperio a la confianza

sábado 31 de marzo de 2012                   PERFIL - Suplemento MALVINAS
                                 por Andrew Graham-Yooll
                            dibujo:Pablo Temes



Hemos perdido casi una generación en portazos, desplantes, y algunos progresos, en una seguidilla de vituperios, proclamas y protestas, en la larga disputa por las Malvinas con el único consuelo de algunas adhesiones y anuncios solidarios de naciones americanas.
El próximo festival de apoyos condicionados en esta serie será en la 6° Cumbre de las Américas, en Cartagena el 13 de abril, cuando Ecuador proponga una declaración de apoyo a la soberanía argentina. Y luego… después del ruido del 30 aniversario, ¿seguiremos invirtiendo tiempo en estridencias que no traen resultados?, y pasará otra generación sin superar un diferendo colonial que se luce como resaca de la fiesta imperial del siglo diecinueve.

Si realmente hay deseo oficial de poner en marcha un eventual traspaso, parcial (con gobierno compartido transitorio, por ejemplo) hasta llegar a una reversión de status total, necesitamos que la Argentina cambie de táctica. Ya se preguntó Luis Alberto Romero si no es más conveniente que las islas Malvinas sigan siendo protectorado británico para así usarlas de distracción y evitar el costo considerable que representará el proceso político de cambio de gobierno. Supongamos que la posición oficial es sincera y apunta al traspaso, a mediano o largo plazo. Pero no vemos un proyecto o programa de negociación y transferencia más allá de las estridencias. Hasta nos podemos preguntar por qué cada año es feriado nacional el 2 de abril, un no laborable que instituyó Fernando de la Rúa, quizás para satisfacer el remanente del lobby militar. Es razonable argumentar que el feriado no es una fiesta sino un recordatorio, casi un día de guardar. Es así como el Gobierno y diversas organizaciones civiles quieren que se recuerde el 24 de marzo, si bien queda mal encaminada la memoria cuando la fecha forma un fin de semana largo, especialmente cuando hay luego dos días hábiles y el parate de Semana Santa.

Por ahora parecemos apuntar sólo al show de los feriados y homenajes, a buscar en Naciones Unidas votos de apoyo que son insignificantes, a repetir el error de pensar que cuanto más ruido hagamos, la presión será más efectiva. No hay evidencia de esto. En su panfleto más reciente, el periodista y ex senador Rodolfo Terragno advierte que hay otros medios de negociación, y el bloqueo no es uno de ellos: “La agresividad argentina hace, en efecto, el juego al Reino Unido. Pero si la agresión es contraproducente y la inacción debilita, ¿qué nos queda por hacer? Hay instrumentos, aún intactos, que urge emplear. No para lograr la (ilusoria) recuperación de las islas en el corto plazo. Sí para evitar que las perdamos para siempre. La clave consiste en desbaratar, cuanto antes, la excusa británica de la autodeterminación”.
Es una propuesta interesante, pero el mundo que mira las negociaciones no va a estar satisfecho con eliminar totalmente el poder de decisión de los isleños. Coincidió con la emisión del documento de Terragno el pedido de Adolfo Pérez Esquivel a la Corte Suprema que las torturas sufridas por nuestros ex combatientes a manos de nuestros ex oficiales sean consideradas delito de lesa humanidad. Es parte de nuestro pasado también y habrá que asegurar al mundo que podemos asumirlo, no soslayarlo, e instalarlo en un pasado realmente superado. Eso nos haría más confiables.

*Ombudsman de Perfil. Autor de Buenos Aires, Otoño 1982 (Editorial Marea).



lunes, 2 de abril de 2012

Guerra de MALVINAS según un CORRESPONSAL INGLÉS

lunes 26 de marzo de 2012
LIBROS                        
                       por Analía Lanzillotta
                                                                 para ABCcultural




A 30 años de la guerra de Malvinas, la lectura de un libro como “Buenos Aires, otoño 1982” se hace necesaria para comprender aristas poco exploradas de lo que significó en su momento este conflicto.

A la manera de un diario personal, Andrew Graham-Yooll retrata para los lectores ingleses del diario The Guardian el clima de euforia y depresión que reinaba en Buenos Aires, una ciudad en guerra que se hallaba, sin saberlo, cerca del fin de la dictadura más brutal de su historia.

Estas crónicas –traducidas del inglés por el propio autor y editadas por Marea Editorial– narran con ironía, pero sin perder nunca el asombro, las experiencias del periodista angloargentino durante esos tres meses de sinsentido: un desayuno con Borges mientras el Papa bendecía a una multitud pocas horas antes de la rendición; una cena con curry con el general Menéndez; el hotel Sheraton convertido en centro de prensa del Estado Mayor Conjunto; los periodistas extranjeros buscando hacer la nota de su vida; las noticias de las muertes como un eco lejano e incierto que llegaba desde el Sur; y, finalmente, la paliza con que un grupo de tareas lo convenció en plena calle de volver a su exilio londinense.

http://www.abccultural.com.ar/nota.php?ID=1361


Buenos Aires, OTOÑO 1982

martes 27 de marzo de 2012
por: Tiempo Argentino

 

         
En 1982, el periodista Andrew Graham-Yooll vivía exiliado en Londres y trabajaba en la redacción del diario The Guardian. El 2 de abril su jefe le anunció, “Volvés a Buenos Aires”. Y durante tres meses fue el corresponsal del matutino londinense.

El tema: una guerrita (a lovely little war decían los británicos) en el extremo del Atlántico Sur entre Argentina y Gran Bretaña por unas islas cuyo nombre oscilaba según quién lo pronunciara entre Falkland y Malvinas.

Graham-Yooll, a la manera de un diario personal, retrata para los lectores ingleses el clima de euforia y depresión que reinaba en Buenos Aires, una ciudad en guerra que se hallaba, sin saberlo, cerca del fin de la dictadura más brutal de su historia. A 30 años de la Guerra de Malvinas, Marea rescata estas crónicas –traducidas del inglés por el propio autor– que narran con ironía, pero sin perder nunca el asombro, las experiencias del periodista anglo-argentino durante esos tres meses de sinsentido.

En este suplemento (ver link ) se transcribe el capítulo “Desayuno con Jorge Luis Borges”, encuentro que transcurrió, el 11 de junio de 1982, mientras el Papa Juan Pablo II bendecía a una multitud pocas horas antes de la rendición.

http://tiempo.infonews.com/2012/03/27/especiales-71467-buenos-aires-otono- 


domingo, 1 de abril de 2012

Crónicas sobre el conflicto MALVINAS

  
Buenos Aires, otoño 1982
    
La guerra de Malvinas según las crónicas de un   
corresponsal inglés.

 

Andrew Graham-Yooll 


Crónicas sobre el conflicto de Malvinas escritas en 1982 por un periodista angloargentino exiliado y convertido en corresponsal del periódico liberal The Guardian.

A 30 años de la guerra de Malvinas, la lectura de un libro como Buenos Aires, Otoño 1982 se hace necesaria para comprender aristas poco exploradas de lo que significó en su momento este conflicto. En 1982, Graham-Yooll vivía exiliado en Londres y trabajaba en la redacción del diario The Guardian. El 2 de abril su jefe le anunció, “Volvés a Buenos Aires”.
Y durante 3 meses fue el corresponsal del matutino londinense. El tema: una guerrita (a lovely little war decían los británicos) en el extremo del Atlántico Sur entre Argentina y Gran Bretaña por unas islas cuyo nombre oscilaba según quién lo pronunciara entre Falkland y Malvinas.


Andrew Graham-Yooll (1944), periodista y escritor, nació en Buenos Aires, hijo de padre escocés y madre inglesa. Ingresó al Buenos Aires Herald en 1966. En 1976 partió al exilio con su familia y residió en Londres durante dieciocho años. Se ha desempeñado en las redacciones de The Daily Telegraph (1976-77) y The Guardian (1977-84). Desde su regreso a la Argentina en 1994 ha sido director y luego presidente del directorio del Buenos Aires Herald, donde se desempeña actualmente, y nuevamente, como director desde agosto de 2005. Es colaborador de los diarios La Nación y Página/12.

Colección: Historia Urgente / ISBN: 978-987-1307-09-8
Cant. pág: 248 / Medidas: 14 x 20 cm.


Por material y contactos de prensa comunicarse con:
Virginia Ruano        155805-1577               
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domingo, 12 de febrero de 2012

La película y la memoria

domingo 12 de febrero de 2012                                   LA NACION
ENFOQUES
por Andrew Graham-Yooll



Muy buena la Margaret Thatcher de Meryl Streep, en la película de Phillida Lloyd (aunque el film fue declarado muy malo por el crítico de La Nación). Y es atendible la campaña que se inicia proponiendo a Streep para el Oscar por su Dama de Hierro.

La voz recreada para el rol de la primera mujer política en liderar el Reino Unido se escuchaba casi como si la dirigente hubiera vuelto a la primera línea  de acción, bien desarrollada, fuerte y estridente, autoritaria. Recordemos que la misma Thatcher hizo terapia oral y ensayo de discurso en los años setenta camino a lo más alto en la política europea luego de derrotar a Ted Heath como “líder de la oposición”, cuando el partido Conservador apuntaba al poder.  Pero Streep no es Margaret Thatcher  y su Thatcher de película no es la mujer que algunos británicos, ese sector duro, conservador, chapado a la tradición de grandes dirigentes, quiere recordar.  

Ya lo dijo David Cameron, primer ministro conservador de Inglaterra: “excelente película (cuestionado, como dijimos), gran actuación, lástima que se concentra demasiado” en la decadencia de la ancianidad. No era para Cameron el momento ni la forma de encarar una vida que algunos británicos quieren ver como a la par de Sir Winston Churchill  (1874-1965), el hombre que llevó a Inglaterra de la casi derrota frente a Hitler a la victoria contra la Alemania nazi,  hombre que la Thatcher admiró siempre y casi parecía emular durante la guerra de las Malvinas.  No la quieren ver hoy como a “Maggie” decrépita (en la vida real, de 86 años), así como en los años sesenta no quisieron ver a Churchill como Winnie en la senilidad.   

Pero, ¿hay momento adecuado para la biografía, de libro o película sobre una figura que alcanzó la notoriedad mundial?
Probablemente, no. Recordemos que la película de Lloyd-Streep, estrenada en Londres el 11 de diciembre y que el jueves, 2 de febrero llegó a nuestras pantallas, se inicia con la escena de una viejita que sale a buscar la leche, y la muestra así, luchando con la demencia senil, a lo largo de tres días (parece excesivo en una película de 89 minutos), antes de pasar a la memoria de lo que fue. Pero lo que obviamente interesa mucho más que la disfunción de la vejez es la mujer en su logro máximo: conduciendo un país desde el colapso económico al éxito como capital financiera de Europa. Quizás sea inevitable que una vida no quepa en una película, como tampoco cupo en la autobiografía que ella escribió hace ya 15 años, ni en los diversos y abundantes volúmenes escritos por terceros.  Por ejemplo, en la película faltaba la política más intensa y, para nosotros aquí en la Argentina, hubiera sido bueno ver más sobre Malvinas, que quedó en el detalle histriónico y no mucho más.
Lo que hace bien la película es recrear algunos de los personajes que secundaron desde el primer momento a Thatcher.  Ante todos está su marido, empresario, alguna vez accionista del holding que tenía la Falkland Islands Company, Denis Thatcher, quien no sólo le dio dos hijos sino además le financió la carrera en sus inicios.
Thatcher comenzó como Margaret Hilda Roberts, hija de un almacenero de la esquina en la ciudad de Grantham, en el centro de Inglaterra.  Fue a la universidad, estudió química, luego derecho, entró a la política, conoció a Denis, y llegó a la Cámara de los Comunes.  De ahí que la carrera que recorrió desde hija de almacenero, de clase media baja, a la cumbre del poder con frecuencia llevó a la ironía barata y despectiva en una sociedad sumamente clasista.
Siempre estuvo el sempiterno Denis, a quien la película representa como personaje ambivalente.  Jamás.  No le gustaba la política, si bien se divertía como consorte. Se enojaba cuando insultaban a su mujer. Gran parte de su diversión fue que la revista de humor “Private Eye” lo presentaba como payasesco (hasta en su preferencia por el gin tonic perfecto, bebida que, cuando consideraba que no estaba en las proporciones justas, vaciaba su vaso en las macetas de los corredores del poder, causando estragos en la decoración vegetal). Denis hasta entró en una correspondencia con uno de los directivos de la revista, en un intercambio que pasó a ser lectura obligatoria en la comunidad política (y cuando Denis no escribía se le inventaba un informe de agenda semanal muy graciosa).  La secuencia fue adaptada y llevada al teatro del West End londinense.
El otro personaje de relieve que recrea la película es la de un hombre formidable, el diputado Airey Neave (1916-1979)  que apostó a la formación y candidatura de Thatcher para jefa del partido Conservador.  Neave era de una personalidad admirable, educado en la escuela de elite de Eton y en la universidad de Oxford.  Fue el “coach” de Thatcher cuando varios capitostes del partido decidieron que no había hombre para derrotar al decadente gobierno laborista de Jim Callaghan. (Ojo, escribo como afiliado al partido laborista, que fui hasta mi regreso a la Argentina en 1994.)  Callaghan había derrotado a los conservadores en 1974 y enfrentaba una revuelta interna y tremendo desorden. Thatcher fue electa jefa del conservadorismo en 1975 y a partir de entonces nada la detuvo…
Le causó un serio tropezón el asesinato de Airey Neave, de 63 años, por el Ejército Republicano Irlandés (IRA), el 30 de marzo de 1979. Fue una bomba bajo su coche que estalló cuando salía de la Cámara de los Comunes, apenas un mes y medio antes de la victoria electoral de Thatcher en mayo de ese año.  La película insinúa la dureza de ese golpe sufrido por la jefa del partido, pero la mantiene como personaje frio y duro. Abundaron los rumores que Thatcher estaba enamorada del hombre (sin duda había gran afecto dado el apoyo que él le había dado) si bien nunca se demostró nada más allá de una fuerte amistad política. Hasta la campaña electoral incorporaba señales de un planificador todo terreno: uno de los slogans más recordados de la época, con su insinuación tanto sexual como política, fue, “Ponga a una mujer arriba” (“Put a woman on top!”).
Lo que una película no puede mostrar, por razones obvias de técnica y tiempo, es la teoría de la política.  En este caso sería útil recordar, y enfatizar, aunque sólo fuera para entender los cambios que introdujo a partir de 1979, que Thatcher hizo la revolución desde la derecha.  Así como el laborismo de posguerra en 1945 transformó un país cansado de guerra pero con un proletariado que reclamaba a gritos la recompensa por sus esfuerzos y un lugar en la política del país, el conservadorismo de Thatcher  modernizó a las patadas (o a los carterazos, según el chiste de época) a un país hundido en el fracaso económico y considerado, junto a Italia, “el enfermo de Europa” (“Sick man of Europe”).  La gran ironía de esto fue que su mejor alumno no resultara ser su sucesor como primer ministro, el sombrío John Major (a partir de 1991), sino el laborista (o “nuevo laborista”/ New Labour, para diferenciarse de los anteriores a 1979) Tony Blair, a partir de su victoria en 1997.  Blair llevó las privatizaciones donde Thatcher no se animó a pisar, en los ferrocarriles y el correo, por ejemplo,  ni en las transformaciones presupuestarias, como fue la imposición de la educación universitaria semi paga (mediante préstamos), por primera vez desde 1945.
En cuanto a lo estrictamente político, la película intenta recrear aquel otoño de 1984, cuando el IRA casi mata a Thatcher con la bomba que estalló en el Grand Hotel, de Brighton, sobre la costa sur inglesa, cuando se desarrollaba  la convención anual del partido Conservador.  Thatcher salió ilesa pero visiblemente sacudida por la cercanía de la muerte y eso se presentó bien.
Faltan detalles. Por ejemplo (para interés nuestro aquí en la cercanía del “South Atlantic”), que aunque la muestran dudando acerca de la extensión de una guerra hubiese sido interesante recrear el momento en que se le preguntó a Thatcher, en 1982, cuánto estaba dispuesta a arriesgar para reocupar las Malvinas luego del desembarco argentino. 
En ese momento, cuando la flota ya navegaba en el Atlántico sur y se conoció el hundimiento del H.M.S. Sheffield, alguien entre sus íntimos le hizo la pregunta. En Londres, en ese momento, parecía posible que Gran Bretaña fracasara frente a Argentina.  Thatcher se jugaba entera y no estaba dispuesta a ceder, ¿Hasta dónde… estaba dispuesta Mrs. Thatcher a perder…  podían caer cien hombres…?  ¿O quinientos? ¿O mil? ¿O diez mil?, hasta conquistar las islas. Nunca respondió a esos interrogantes. No tenía respuesta para el fracaso posible.
Previo a esa instancia dramática, otra bastante pesada fue aquella tarde de fin de semana, ya conocido el desembarco del día 2 de abril, cuando la Cámara de los Comunes se reunió un sábado, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. En la sesión se preveía el informe de gobierno, proyección y debate.  Pero según su propia declaración, la Sra. Thatcher no llevaba plan formulado. Fue la insistencia del entonces jefe de la bancada laborista, el admirable y muy querido, Michael Foot, socialista de ley, veterano de la Guerra Civil española, combatiente en la Segunda Guerra, e intelectual de primera, que la arrinconó. “Que la primera ministra diga que va a hacer…” o palabras por el estilo, y luego a gritos, “¿Qué va a hacer?” repetidas veces.  Thatcher, atrapada, adoptó la postura de su admirado Churchill y anunció: “Mandaremos la flota…”
Esos fueron momentos de enorme tensión y dramatismo, casi cinematográfico, pero tendremos que esperar otra biografía fílmica.  Más allá de la larga recesión de los años ochenta, las huelgas (mineros, por ejemplo), las turbulentas revueltas callejeras que dejaron a sectores de la ciudad de Liverpool en llamas, y la reelección de 1983, ganada sobre la base de la pequeña mejoría económica más que con el triunfo en Malvinas, sería interesante representar el mecanismo político que le dio la segunda reelección en 1987, en pleno desagrado popular por un severo aumento de un nuevo impuesto comunitario (otro tipo de ABL).  Dos semanas antes de la fecha electoral era evidente que Thatcher perdía.  En el curso de la primera de esas dos semanas, Thatcher despidió a su equipo de campaña y formó lo que sería el “kitchen cabinet” (gabinete de cocina), un equipito de cuatro o cinco interlocutores amigos, políticos, con quienes discutió durante una larga noche un cambio de táctica en la cocina  de Nº 10 Downing Street, la oficina/residencia de los primeros ministros. Se transformó la publicidad, las sonrisas no debían ser los témpanos de siempre, y el diálogo público tenía que ser amable a la vez que confrontativo.  Una semana después, Thatcher ganaba por tercera vez.
Bueno, tendríamos que hacer otra película. 
Muy bueno lo de Lloyd/Streep, pero con nuestro guión, vamos…